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El problema no es la globalización, sino el neoliberalismo

Protesta contra el tratado Trans-Pacífico de comercio (TPP) en Washington DC, 11 de octubre, 2015. (Lorena Müller/Wikimedia Commons)

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Brexit, la elección de Donald Trump y el surgimiento de movimientos populistas de derecha en Europa han sido atribuidos en parte al creciente enojo por los efectos de la globalización. La idea de que los tratados de libre comercio, las empresas que mandan empleos a otros países y la inmigración son responsables por la pérdida de empleos en los Estados Unidos fue uno de los temas de la campaña electoral de Trump. El descontento popular también ha sido exacerbado por la creciente desigualdad de ingresos y riquezas de las últimas décadas. La clase media ha decaído mientras la clase trabajadora lucha por mantenerse a flote y la clase alta prospera. Esta situación ha creado resentimiento contra los que se benefician de la globalización, las élites que controlan las corporaciones multinacionales y las instituciones financieras y los políticos que favorecen a estas élites. Sin embargo, la globalización no es la culpable por la creciente desigualdad entre ricos y pobres. El culpable es el neoliberalismo, o mejor dicho la globalización neoliberal.

La globalización es el proceso mediante el cual diferentes áreas del mundo se vuelven más interconectadas e interdependientes. Este proceso ha sido posible gracias a avances tecnológicos en transportación y comunicación que han reducido las distancias de tiempo y espacio. Cuando llamamos al servicio al cliente y alguien contesta en India, podemos agradecer a la globalización. Cuando podemos comer un Big Mac en Shanghai o Beijing, podemos agradecer a la globalización. Cuando usamos dispositivos electrónicos que caben en nuestros bolsillos para organizar una marcha internacional por las mujeres o demostraciones para protestar la crisis en Venezuela, podemos agradecer a la tecnología que ha hecho posible la globalización. A pesar del criticismo, la globalización tiene sus beneficios. Podemos comprar productos de otros países a precios asequibles. También podemos encontrar y compartir información alrededor del mundo (como este artículo) con una rapidez nunca antes vista. La velocidad con que está avanzando la tecnología no da señales de disminuir. No es probable que el proceso que lleva al mundo a estar más interconectado y ser más interdependiente vaya a detenerse, lo que hace que el argumento en contra de la globalización parezca una causa perdida.

En vez de concentrarse en la globalización, el criticismo debería estar dirigido hacia la ideología que ha moldeado este proceso en las últimas décadas, el neoliberalismo. Con la noción de que la sociedad se beneficia del libre comercio, del mercado libre (la desregulación de los sectores empresarial, financiero y laborales), de bajos—o casi cero—impuestos a corporaciones y menos involucración del estado en programas de bienestar social, el neoliberalismo a influenciado la manera en que las relaciones comerciales internacionales y las economías nacionales se han desarrollado.

Sin embargo, la desregulación del sector empresarial y financiero y la baja de impuestos corporativos son las razones principales de la creciente desigualdad social en los EE. UU. En un artículo escrito por Christina Pazzanese para la Harvard Gazette, el segundo de una serie sobre la desigualdad de ingresos, Christopher Jencks, profesor de la Harvard Kennedy School (HKS), explica que la política tributaria de los EE. UU. ha incrementado la desigualdad de ingresos en el país mientras “la desregulación, globalización, y especulación en la industria de servicios financieros” ha ayudado a que se doble “la porción de las ganancias en los ingresos que fluyen hacia el uno por ciento” de la sociedad. Emmanuel Saez, profesor de economía  de la Universidad de California Berkeley, también arguye que sin “regulaciones drásticas y cambios en la política tributaria” no se puede prevenir la concentración de ingresos por parte del uno por ciento de la población. Pazzanese también señala que la Gran Recesión y el subsecuente rescate de Wall Street demostraron “lo injusto de la desigualdad fiscal.” La política tributaria y la desregulación del comercio y las finanzas permitieron la especulación que incrementó la riqueza del sector más pudiente de la población y causó la recesión de 2007. En medio de la crisis, los más afectados por la situación económica quedaron como los pasajeros de tercera clase del Titanic, abandonados en un mar fígido y oscuro sin botes salvavidas.

David Shankbone, Occupy Wall Street (Day14), September 30, 2011-I
Protesta Occupy Wall Street en Nueva York, 30 de septiembre, 2011. (David Shankbone/Wikimedia Commons)

Otra área en la que el neoliberalismo ha afectado negativamente a la población es en los derechos laborales. En el primer artículo de la serie de la Harvard Gazette, Alvin Powell explica que la caída en la membresía de los sindicatos en las últimas tres décadas ha impactado a los trabajadores económica y políticamente. Esta caída ha debilitado el poder de negociación de los trabajadores, llevando al creciente número de trabajadores no sindicados a ganar menos que los sindicados. Junto a sus efectos en los salarios, los sindicatos han perdido su capacidad de ser una fuerza política en favor de los derechos de los trabajadores. En el artículo, Marshall Ganz, profesor de la HKS, y Benjamin Sachs, profesor de derecho en Harvard (en el artículo de Pazzanese), atribuyen el declive de los sindicatos a acciones legislativas y fallos judiciales dirigidos a disminuir el poder económico y político de estos.

La desigualdad política es el problema que más preocupa a los especialistas en los artículos de Powell y Pazzanese. Con la erosión de la influencia política de los sindicatos—y con ella la de los trabajadores—la acumulación de riquezas por el uno por ciento de la sociedad ha aumentado. La influencia del dinero en la política ha hecho que los legisladores sean más receptivos a las demandas de quienes aportan más dinero a las campañas electorales. De esta manera, la desigualdad económica crea desigualdad política. El peso de aquellos con las mayores riquezas inclina la balanza del poder a su favor. Las políticas neoliberales que han exacerbado la desigualdad económica, traído la crisis financiera y debilitado el poder de los sindicatos y del estado para actuar en favor de los ciudadanos también han creado desigualdad política, amenazando el sistema democrático en el que se supone que todos tenemos la misma voz en la toma de decisiones. No debe sorprender entonces que haya rencor popular hacia los dirigentes políticos que permiten que el neoliberalismo determine el papel—o la falta de este—que el estado tiene de garantizar el bienestar de sus ciudadanos y el tipo de globalización que domina la economía mundial.

Peter Taylor, Protest against Global Greed outside the Guildhall, London, Nov. 10, 2008
Protesta contra “global greed” (avaricia global) en Londres, 10 de noviembre, 2008. (Peter Taylor/Wikimedia Commons)

Resentimiento por los efectos de las políticas neoliberales no es un fenómeno nuevo. Latinoamérica experimentó su propia ola de ira popular luego de que este tipo de medidas causaran crisis financieras y desestabilidad económica en las décadas de 1990 y 2000. En vez de movimientos de derecha, Latinoamérica presenció el surgimiento de líderes populistas de izquierda como Hugo Chávez en Venezuela, Luiz Inacio Lula da Silva en Brasil, Néstor Kirchner y su esposa Cristina en Argentina, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador. Ahora, los efectos de la globalización neoliberal están siendo sentidos en las naciones que más abogaron por ella. La dirigencia política de los EE. UU., Francia, Alemania y el Reino Unido tienen que lidiar que fuerzas populistas que parecen amenazar su dominio del poder. No se sabe si esta reacción popular realmente cambiará la dirección que la política económica ha tomado en las últimas décadas. Hubo pocas reformas económicas después de la Gran Recesión. A pesar de su retórica contra la globalización, la elección de Trump no parece ser un movimiento en contra de las medidas neoliberales. Tenemos que esperar por las elecciones en Francia y Alemania para ver cuánto apoyo tienen realmente los movimientos populistas de derecha en las economías más grandes de Europa.

Los resultados de las elecciones europeas aparte, lo que necesitamos es un tipo de globalización que no esté determinado por los principios del neoliberalismo. Necesitamos dirigentes que sean más receptivos a las necesidades de la gente, que implementen una ley tributaria más equitativa, que puedan resguardar la economía de la peligrosa especulación y prácticas predatorias que afectan desproporcionadamente a la clase media y trabajadora. Leyes laborales más justas también son necesarias para prevenir la desproporcionada desigualdad de ingresos. Inversiones en y acceso a una buena educación pública también son esenciales para la futura prosperidad económica. Especialmente, inversiones en el área de educación técnica son necesarias para hacer frente a la vertiginosa automatización que—más que el comercio internacional y la inmigración—es responsable por la pérdida de empleos en varios sectores de la economía.

Estas ideas son anatema para los defensores del neoliberalismo. Sin embargo, una sociedad con bajos niveles de desigualdad de riquezas e ingresos no es solo moralmente deseable, sino también es menos propensa a experimentar olas de resentimiento popular. Adicionalmente, cuando las personas reciben un salario decente, el poder de compra de la población aumenta y la economía crece. El 20 por ciento más pudiente de la población podría domar su deseo salvaje por la acumulación infinita de riquezas en favor de una sociedad y economía más justa y estable. Quizá, este es el sueño de un idealista. Pero si no señalamos las fallas del neoliberalismo con la esperanza de generar un cambio, esta idea aparentemente imposible seguirá siendo un sueño.

2 comments on “El problema no es la globalización, sino el neoliberalismo

  1. Pingback: Globalization Isn’t the Problem. It’s Neoliberalism – Opinions and Ideas

  2. Pingback: La victoria de Macron no es el fin del populismo derechista en Europa – Opinions and Ideas

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